¿Puede el cerebro convertirse en testigo contra su propio titular?
Los avances de la neurociencia y de las neurotecnologías están comenzando a desdibujar una de las fronteras que durante siglos pareció infranqueable para el Derecho: la que separa el mundo exterior del espacio íntimo del pensamiento. La posibilidad de identificar recuerdos, reconocimiento, respuestas cognitivas o determinados patrones de actividad cerebral plantea interrogantes inéditos para el proceso penal y para la protección de los derechos fundamentales.
La mente no declara examina este nuevo escenario desde la perspectiva de la neuroprueba, la libertad cognitiva, la privacidad mental y el derecho a no autoincriminarse. La obra analiza hasta qué punto puede el Estado acceder a información procedente directamente de la actividad cerebral, cuál debe ser su eventual valor probatorio y qué límites deben imponerse a su obtención y utilización.
En la intersección entre Derecho procesal penal, derechos fundamentales, neurociencia y tecnología, el libro propone avanzar hacia una teoría de la autoincriminación neurocognitiva, capaz de responder a problemas para los que las categorías jurídicas tradicionales comienzan a resultar insuficientes.
Porque, ante la posibilidad de que la tecnología permita acceder a aquello que una persona nunca decidió expresar, surge una cuestión fundamental: ¿puede existir un verdadero derecho a guardar silencio si la mente deja de ser inaccesible?
Frente a este nuevo horizonte, la obra parte de una premisa esencial: la mente no declara.







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